Sunday, May 28, 2006

 

Poesía árabe moderna. Nizar Qabbani.

NIZAR QABBANI

Selección de textos:C. M. Thomas y M. Perza
Facultad de Filología
Sevilla, 8-5-2006





“Amada mía” (fragmento)

Amada,
si cualquier día te cuentan
que no tengo ni esclavos ni castillos;
que poseo solamente
un collar de jazmines
con que enlazar tu cuello pequeñito,
tú diles,
-¡oh, amor primero y último!-
tú diles con orgullo
que te basta.
Que te quiero muchísimo.
(Qabbani, 1965: 91-93).


“Cosas pequeñas”

Cosas pequeñas,
por las que pasas tú
sin hacer caso,
y que son para mí
toda,
toda la vida.

Cosas.
Miles de cosas
que te dejan lo mismo.
Con las que yo,
en cambio,
hago palacios.
De las que vivo
meses.
Con las que tejo yo
miles de historias.
Mil cielos
y mil islas.
Esas cosas pequeñas,
¡y tan tuyas!

Si fumas,
me quedo junto a ti,
acurrucada,
igual que una gatita.
Prendida de los hilos
de humo
que repartes,
por todos los rincones de la casa,
en círculos
y círculos…
Y al irte,
al final de la noche,
como un aroma huidizo,
me dejas solamente
tras de ti
el olor del tabaco
y los recuerdos.
Y un cenicero lleno de cenizas,
de mi propia ceniza.

Y cuando estoy enferma,
y me traes tus flores,
y me coges la mano entre las tuyas,
el color me retorna
a las mejillas.
Y lloro.
Y lloro, amigo mío,
sin quererlo,
mientras tú
me tapas con la colcha
y pones mi cabeza en la almohada.
Y yo quisiera estar, amigo mío,
enferma,
siempre enferma,
para que tú siguieras a mi lado,

y acariciar tus flores
tan hermosas.

Y al sonar
el teléfono
en mi casa,
vuelo para cogerlo
como una niña alegre,
como un pájaro libre.
Esperando tu voz
que va brotando
- cálida-
- llena-
- fuerte-
como un rumor de alhajas
o un surtidor de estrellas.
Y lloro.
Y lloro, amigo mío,
sin quererlo,
porque pensaste en mí.
Porque desde tus desconocidas
playas
me llamaste.


Y al cogerme del brazo,
para cruzar la calle,
siento algo muy hondo
que me quema
en el codo.
Y pido,
pido a Dios,
que haga interminable ese momento.
Y al volver a mi alcoba
y quitarme el vestido,
siento
-aunque no estés conmigo-
que tus manos
me oprimen en el codo todavía.
Y continúo adorando
las huellas de tus dedos
en la manga
de mi vestido azul
Y lloro.
Y lloro, amigo mío, sin descanso,
como si el brazo aquel
no fuera mío.
(Qabbani, 1965: 97-102)


[“El poema árabe al llegar a España”]

El poema árabe, al llegar a España, estaba cubierto por la espesa corteza del polvo del desierto. Y al entrar en la zona de agua y frescor de Sierra Nevada, y en las orillas del Guadalquivir, al penetrar en los olivos y viñedos de la campiña de Córdoba, se quitó las ropas y se tiró al agua. De aquel choque histórico entre la sed y el riego nació la poesía andalusí. Ésta es mi única explicación de aquel trastorno radical que se produjo en el poema árabe al viajar a España.(...) Así me ocurrió a mí, como le ocurrió al poema árabe en España. Mi infancia se llenó de humedad, mis cuadernos se llenaron de humedad, mi alfabeto de llenó de humedad (Mz. Montávez, 1992: 159n8).

“Tres postales desde Asia” (fragmentos)

1.
Desde Asia,
la paz sea contigo, amiga mía.
Yo,
lejos de tus ojos,
no sé lo que es la paz.
He pasado en mi lento vagar
-¡oh, luna mía!
¡oh, espuma de la leche
y blancura del mármol-
He pasado mil años
sin tus ojos.
Sin pan,
sin alimento.
Figúrate…
Mil años sin tus ojos.
Sin dos candiles verdes.
Sin esas dos estrellas
que me duermen.

¡Esmeralda!
En mi navío, aún, sigo luchando
con soles y tormentas,
con el vértigo.
He descendido en puertos
de aguas fétidas.
Recé en templos
sin dioses.
Y he gustado los vinos más baratos,
los más baratos labios.
Morí miles de veces.
Me clavaron, amiga,
al mediodía,
sobre el muro del sol.
Crucé los siete mares.
Toqué el techo del sol.
Mi viaje fue un suicidio.
Figúrate…
Yo, amada, sin tus ojos.
Siglos,
durante siglos,
sin una estrella encima,
sin un faro.
Con mis marinos muertos en el puente.
Con esponjas y conchas de alimento.
Figúrate…
La tierra,
y todo lo que guarda
-¡oh, mi tierna gatita-
sin tus ojos.
Sin esos lagos límpidos,
sin dos playas de luna,
sin dos bosques
que me cubren
de paz.

2.
Desde el confín del mundo,
de su muro lejano,
te llega mi postal
–¡oh, mi tesoro!
¡oh, todo lo que tengo!.
El sol,
encima de Asia,
es lo mismo que un huerto de naranjas,
como un cuadro asombroso,
como un marco de oro.
Y la noche, en Hong-Kong,
es un cofre de perlas
que ha dispersado Dios
sobre los montes.
Y el mar, amiga mía,
un pañuelo violeta sorprendente y fantástico.
Desde Asia, amor mío,
yo te tiendo mis manos.
Pregunto por tus ojos.
Por tus dos esperadas
purísimas y verdes.
Incomparables,
únicas.

3.
¡Princesa!
Yo sé que mi navío
se hunde de tesoros,
de inciensos y de pieles.
Que poseo un cortejo
de esclavas hermosísimas.
Sé que vuelvo
con montones de oro.
Con porcelanas chinas,
con tapices
y sedas.
Con tesoros fantásticos.
Pero yo
-¡muñequita!-
con todas mis riquezas,
soy pobre sin tus ojos.
Sin esos dos brillantes
incomparables,
únicos.
(Qabbani, 1965: 48-52).


“Veinticinco rosa en el cabello de Balquís” (fragmento)

Yo sabía que ella sería asesinada.
Ella sabía que yo sería asesinado.
Y las dos profecías se han cumplido…
Cayó ella, como una mariposa,
bajo los escombros de la era preislámica.

Y yo he caído… entre los colmillos de una época árabe
que desgarra los poemas…
los ojos de las mujeres…
la rosa de la libertad…
(Qabbani, A‘mal kamila, 4, 1998: 252).

["Por las calles de Córdoba"]

Por la calles de Córdoba,
a menudo,
me he metido la mano en el bolsillo
para sacar la llave de mi casa
en Damasco...
Las aldabas de cobre de las puertas.
Las macetas de dalias y de lilas.
Las albercas del centro, como la pupila de la casa.
Los jazmines que trepan a la alcoba
y nos caen por encima de los hombros.
La fuente, que es la niña mimada de la casa,
y canta sin descanso.
Y arriba, las alcobas,
(oh, qué gratos refugios de frescor!
Todo,
todo el mundo dichoso y perfumado

que rodeó mi infancia de Damasco,
me lo he encontrado aquí...

(Oh, sí, señora mía,
que me contemplas desde tu celosía!
No temas...
si me lavo las manos en tu fuente pequeña,
o si arranco uno cualquiera de tus jazmines.
No,
no temas si luego
subo por la escalera a una alcoba pequeña,
una alcoba pequeña que dé al norte,
de soleadas ventanas
y lilas que desborden los visillos.
No temas...
Una alcoba pequeña que dé al norte,
y con la cama hecha por mi madre"
(Mz. Montávez, 1992: 15).


[“Boabdil”]

Nunca he querido ser ojal de un traje,
hilo de un traje,
excepto en el Museo del Ejército, de Madrid:
el traje es el de Boabdil
y la espada, la suya.
Los turistas circulan sin pararse
ante el traje y la espada,
pero, yo…
Mil razones me ligan a este traje y su dueño.
Y lo mismo que un huérfano se queda contemplando
el juvenil retrato de su padre,
así me quedé yo ante la vitrina cerrada.
Suplicante ante aquellos bordados,
devorando, hilo a hilo, aquel tejido…

Y, con todo,
no me dejó Abu-Abdallah solo en la ciudad.
Porque todas las noches,
vistiéndose su manto,
dejaba su vitrina del Museo del Ejército
y se venía conmigo a pasear por la Castellana.
Y me iba enseñando, una a una,
a todas sus herederas andaluzas…
“¿Sabes quién es ésa?”…
“No…”
“Pues se llama Nawwar bent Ammar,
y su padre, Ammar Ben Ahnaf,
era un hombre virtuoso y hacendado…”
-Y Nawwar palpitaba igual que una paloma,
y se erguía ante nosotros igual que una palmera-.
“¿Y por qué no la llamas, Abu-Abdallah?...”
“No te canses, porque no sabe ya cómo se llama…”
“¿Qué dices?...”
“Que no se acuerda ya ni de su nombre…”
“Pero eso es imposible…”
“No… A veces pasa eso…
Y ahora se llama Nora Benalamar
en vez de Nawwar bent Ammar”.
“¡Oh, Nora…Nora!...”
“¿Qué quiere?...”
“Nada, nada importante…
Que este hombre era amigo de tu padre,
allá en Damasco,
y quería conocerte”.
“¿Amigo de mi padre, y en Damasco?...”
“Sí… Mas tú no puedes acordarte,
porque eras muy niña entonces…”
“Tal vez…”
“Hasta la vista…”
“Buenas noches”.
(Qabbani, 1965: 131-133).


“Penas de al-Andalus”


Me has escrito, querida.
Me escribes preguntando por España,
por Táriq,
que, en nombre de Alláh, abriera un nuevo mundo;
por Oqba ben Nafia,
que plantara retoños de palmeras
por lo hondo de todas las colinas.
Preguntas por Omeyas
y por su emir Muáwiya;
por aquellos palacios
que traían
cultura y fuerza de Damasco.

No ha quedado en España
de nosotros,
de nuestros ocho siglos,
sino la hez del vino
en el cuenco del vaso.
Unos ojos enormes
en cuya sombra aún dormita
la noche del desierto.
Sólo queda de Córdoba
el llanto doliente de los alminares,
la fragancia de las dalias, de rosas y naranjas.
De Wallada, tan sólo,
de su historia de amor,
una rima, quizá,
ni el resto de una rima.
Tan sólo de Granada
y de los Banu-l-Ahmar
lo que narran los cuentos,
ese “Dios es el solo triunfador”
por todos los rincones.
Sólo queda su alcázar,
como Venus desnuda,
que aún sigue viviendo
de una historia de amor periclitada.

Pasaron cinco siglos
desde que el “Rey Chico”
se partiera de España.
Pero aún continúan
nuestros pequeños odios.
Y esa mentalidad de tribu
aún sigue en nuestra sangre
como antes.
Hablamos diariamente con alfanjes.
Pensamos con las uñas.
Pasaron cinco siglos,
y el término “Arabismo”, todavía,
es una triste flor en un jarrón.
Niña hambrienta y desnuda
que clavamos
contra el muro del odio y el rencor.

Cinco siglos pasaron -¡ay, querida!-
Y es como si ahora mismo
dejáramos España
(Qabbani, 1975: 77-79).




“Apuntes en el cuaderno de la derrota” (fragmentos)

Amigos:
Os doy el pésame por la vieja lengua,
por los viejos libros.
Os doy el pésame…
por nuestras palabras agujereadas
como zapatos viejos;
por los términos sucios, el insulto
y la sátira.
Os doy mi más sincero pésame.
Por el fin de la idea que llevó a la derrota.

¡Oh, mi triste país!
En un instante sólo me has mudado
de poeta del amor y la nostalgia
en poeta del puñal.

No es raro que perdiéramos la guerra…
Porque entramos en ella
con la innata retórica que posee el oriental,
con ese “quijotismo” que no mata una mosca.
Porque entramos en ella
con la lógica del rabel y del tambor.

El quid de nuestro drama
estriba en que gritamos
más de lo que permiten nuestras voces;
en que nuestras espadas
miden más que nosotros.

Y la improvisación nos ha costado
otras cincuenta mil tiendas de campaña.

Cinco mil años, ya,
y aún seguimos dentro de la cueva (…).
¡Lavaos las ideas, y las ropas!
¡Leed, amigos míos, un libro al menos!
¡Intentad escribirlo!
¡Sembrad letras, amigos, viñas y granados!
¡Navegad al país de la nieve y de la bruma!...

Ese nuestro petróleo
que brota en el desierto
pudo hacerse puñales llameantes de fuego.
Mas los nobles jerifes de Quraish,
los jeques de los árabes,
no sintieron vergüenza en que se fuera
en piernas de fulanas.

Si alguien me ofreciera garantías…
Si yo hubiera podido hablar con el sultán
le habría dicho: ¡Señor!, (…)
Por haberme acercado a tus callados muros,
por haber intentado descubrirte
mi angustia y mi tristeza,
me dieron de patadas;
y hasta me hizo tu guardia
comerme buena parte del zapato.
¡Mi señor el Sultán!
Has perdido la guerra nuevamente
porque tienes sin lengua a medio pueblo,
¿Y de qué vale un pueblo que no habla? (…)
Has perdido la guerra nuevamente
por haberte apartado del problema del hombre.

Si no hubiéramos enterrado la unidad en el polvo.
Ni hubiéramos deshecho
su cuerpo de doncella con las lanzas;
si se hubiera quedado en las pestañas,
no habríamos sido pasto de los perros. (…)

Queremos una nueva generación de rasgos diferentes.
Que no perdone errores, ni sea permisiva…
Que no se incline nunca,
ni sepa lo que es la hipocresía…
Una generación gigante de vanguardia. (…)

¡Yo os invoco, a los niños!
Lluvia primaveral, espigas de esperanza.
¡Oh, semillas fecundas en nuestra vida estéril!
¡Generación que venza a la derrota!
(Qabbani, 1975: 19-26).

“Jerusalén” (fragmentos)

Lloré hasta que las lágrimas se hubieron terminado.
Recé hasta que las velas se hubieron derretido.
Me prosterné sin tregua, hasta aburrirme.
Pregunté por Jesús y por Mahoma, en ti, en Jerusalén:
Tú, ciudad que profetas exhalas.
Tú, el adarve más corto entre el cielo y la tierra (…).

Jerusalén:
Tú, ciudad de las penas.
Lagrimón que deambulas por los párpados.
¿Quién podrá detener la agresión
contra ti? ¡Ay, perla de las religiones!
¿Quién limpiará la sangre de los muros?
¿Quién salvará el Corán y el Evangelio?
¿Quién salvará al Mesías de los que le mataron?

¿Quién salvará al Hombre?

Jerusalén:
Tú, mi ciudad,
mi Amada…
Mañana…Mañana, sí, florecerá el limón,
se alegrará la espiga verde, y el olivo,
y los ojos reirán,
Volverán las palomas emigrantes
a los puros tejados;
los niños nuevamente jugarán,
y en tus limpias colinas
se encontrarán los padres y los hijos.
Pueblo mío…
Tú, ciudad de la paz y del olivo
(Qabbani, 1975, 58-59).


“El último andalusí”


Pateo las arenas de tu cuerpo
como un toro español,
que sabe previamente que está muerto.
Como sabe también que su cuerpo,
envuelto en la bandera nacional,
será llevado encima del armón
y enterrado en el cementerio de los santos
y de los mártires.

Pateo bajo el sol de tus ojos
por todos mis costados desangrándome,
desnudo, sólo con la camisa
de mi orgullo.

Entro en la plaza al ritmo
de un pasodoble,
el griterío de los castellanos,
y el ondeante abaniqueo de las españolas.
Entro, sabiendo
que la vida es un punto de gloria
y es un punto de gloria escribir versos;
que encontrar el martirio entre los brazos
de una mujer hermosa
es el supremo testimonio.

Entro en la plaza, y sé
que no saldré de ella
sino sucio de alcohol,
de brazaletes,
de seda de abanicos de andaluzas.

No me inquieta
hacer profesión de fe por la poesía,
por las mujeres.
Porque todas las cosas tienen su precio:
tiene su precio la mujer que amamos,
su precio el poema que escribimos,
su precio el perfume con el que nos purificamos,
y su precio el seno por el que nos deslizamos
como niños
sobre su níveos alcores.

Bajo los cielos de tus ojos puros
estoy tan solo como los cielos

del mar Mediterráneo.
No tiene orillas mi alegría
frente a tu hermoso rostro
y mi muerte hermosa.
Y recibo sonriente
tus puñaladas de hembra
procedentes de los cuatro puntos cardinales.

Yo soy el último andalusí
que vino a exigir la parte que le corresponde
de las ropas de su padre,
un mechón de pelo de su madre,
una casida del diván de Ibn Zaydún,
uno de los anillos de Wallada bint al-Mustakfi,
y el último hilo de la alfombra
sobre la que rezó Abderramán I.

Yo soy el último andalusí,
el que ha perdido todas sus llaves
en las aguas de Barcelona,
en las aguas de Iskenderún,
en las aguas de Haifa.
Yo soy el último andalusí
mendigo por las aceras de Granada.
Yo soy el último piel roja
que escapó de los dientes de Cristóbal Colón.

Yo soy Nizar Qabbani:
el beduino y el civilizado,
el derechista y el marxista,
el sensual y el udrí,
el fundamentalista y el golpista,
el árabe y el no-árabe.

Yo soy el último andalusí.
Me enfrento, solo,
al sadismo de los espectadores,
al salvajismo de los lidiadores
y a las cámaras de los turistas americanos
que vinieron de los pastos de Texas
para comer el ágape de mi cuerpo.
Cumpliendo resoluciones del Consejo de Seguridad
y las mentiras del Nuevo orden mundial
(Mz. Montávez, 1998: 47-50).



BIBLIOGRAFÍA

CAVERO, Mª Luisa, 1969: Granada. Poemas traducidos y presentados por M. L. Cavero. Casa Hispano-Árabe. Madrid.
MZ. MONTÁVEZ, Pedro, 1977: Exploraciones en literatura neo-árabe. Instituto Hispano-Árabe de Cultura. Madrid.
1980: El poema es Filistín. Palestina en la poesía árabe actual. Ed. Molinos de Agua. Madrid.
1988: 15 siglos de poesía árabe. Eds. Litoral. Málaga.
1992: Al-Andalus, España, en la literatura árabe contemporánea. Ed. Arguval. Málaga.
1995: Taracea de poemas árabes. El Legado Andalusí-Fundación Rodríguez Acosta. Granada.
1995ª: Pensando en la historia de los árabes. CantArabia. Madrid.
1998: “El último andalusí”. Idearabia, 2, pp. 47-50.
QABB}N¦/KABBANI, Niz~r, 1965: Poemas amorosos árabes. Trad. P. Mz. Montávez. Instituto Hispano-Árabe de Cultura. Madrid.
1975: Poemas políticos. Trad. y pról. de P. Mz. Montávez. Visor. Madrid.
1984: Diario de una ciudad que se llamaba Beirut. Trad. de C. Ruiz Bravo-Villasante. Ed. Molinos de Agua. Madrid.
1987: Tú amor. Trad. de Mz. Montávez. CantArabia. Madrid.
1998-2000: A‘mal Kamila. 8 vols. Manšãr~t Niz~r Qabb~n§. Beirut.
RUIZ BRAVO-VILLASANTE, Carmen, 2003: “Ante Locuristán, de Nizar Qabbani”. R.I.E.E.I. XXXV, pp. 215-240.

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